Ya hemos hablado de esas sentinas virtuales que hoy reaparecen con el mismo repertorio: insultos, alevosía, perversidad. No buscan esclarecer, sino contaminar; no aspiran a la justicia, sino al linchamiento. Confunden deliberadamente la crítica legítima con el descrédito absoluto, y la vigilancia ciudadana con el ruido interesado.
El daño de este clima es grave porque erosiona la confianza pública, enturbia investigaciones que deben seguir su curso institucional y alimenta una cultura donde todo vale porque nada se verifica. En ese terreno fértil prosperan la manipulación y el oportunismo político.
La alerta está dada. Corresponde ahora al ciudadano ejercer una virtud cada vez más escasa: el discernimiento. No todo lo que circula merece atención, ni toda indignación es honesta. Quien decida caer en esas redes, por comodidad o por morbo, asume su responsabilidad. La democracia no se defiende amplificando el rumor, sino exigiendo hechos, procesos y respuestas. Lo demás es ruido.









