La última vez que Antonio Paul preparó una lona fue para esperar a su sobrina muerta. La extendió frente a la casa, acomodó varias sillas plásticas y aguardó bajo el calor pesado de la tarde. En barrios pobres dominicanos, los velorios comienzan así: vecinos que llegan despacio, café servido en vasos desechables, murmullos contenidos, niños jugando cerca del dolor. Pero aquella noche nadie vino a despedir a la adolescente de 14 años. El cuerpo nunca llegó.
Las horas pasaron y Antonio terminó desmontándolo todo. La muchacha seguía retenida entre trámites, papeleos y errores de identificación. Ni siquiera el duelo parecía sencillo para aquella familia acostumbrada a sobrevivir entre precariedades.
Días antes, la niña, haitiana, había muerto dentro de un centro de acogida del Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani), en San Antonio de Guerra. La llevaron al baño con una mentira pequeña, casi doméstica, una frase que suele anunciar cumpleaños, regalos o secretos entre adolescentes.
«Ven, que tenemos una sorpresa para ti».
Le vendaron los ojos y minutos después estaba muerta.
Fuente Diario Libre











